Tomado de la Tesis de Doctorado en Historia de Austreberto Martínez Villegas, descargable dando click aquí: https://mora.repositorioinstitucional.mx/jspui/handle/1018/158
El CVII, marcó el inicio de la hegemonía institucional de la concepción de una Iglesia Católica abierta al diálogo con el mundo moderno, cuya principal preocupación (al menos a nivel discursivo) fuera el hombre y su dignidad como persona, la cual fue capaz de acoger en su seno a una serie de planteamientos ajenos a los lineamientos fundamentados en la Filosofía Escolástica que habían sido los predominantes en el catolicismo desde la edad media y de manera más enfática a partir del Concilio de Trento del Siglo XVI. El aggiornamento proclamado por Juan XXIII pretendía actualizar las bases del mensaje que la Iglesia Católica Romana deseaba promover, no solo ante sus fieles, sino ante el mundo entero.
Sin embargo, estas corrientes de “modernización” del catolicismo romano, tienen una larga data pues desde el siglo XIX y durante buena parte del XX han sido numerosos los filósofos y teólogos que habían planteado una serie de propuestas que con el CVII fueron alcanzando posiciones de poder y prestigio, dentro de la misma Iglesia. Estas tendencias se habían enfrentado a la condena que papas como San Pio X o Pio XII, habían hecho a dichas posturas aperturistas.
Lo ideales decimonónicos de progreso, aunados a ciertos avances científicos y tecnológicos, representaron en Occidente, parte de la afirmación de la modernidad. Con ello y con la expansión global de las ideas liberales, diversos teólogos, filósofos, clérigos e intelectuales católicos se pusieron como objetivo el encontrar fórmulas para mejorar la relación del catolicismo con el proceso de modernidad, por lo que la búsqueda de un aggiornamento, era algo que se visualizaba desde mucho tiempo antes de la convocatoria a un Concilio hecha por Juan XXIII. Quizás el primer intelectual que planteó una armonía entre liberalismo y catolicismo fue el filósofo y sacerdote francés Felicité de Lammenais, cuyas ideas favorables a aspectos entonces condenados por la jerarquía eclesiástica como la libertad de prensa, la libertad de conciencia, algunas actitudes favorables a la separación Iglesia-Estado y la regeneración del catolicismo hacia un sentido más en tono con las nuevas ideas de igualdad, que habían sido publicadas en su periódico L’ Avenir, fueron condenadas por la encíclica Mirari Vos de Gregorio XVI en 1832, a pesar de lo cual el espíritu de su movimiento mantuvo una influencia entre varios católicos liberales, especialmente después de que el propio Lamennais abandonara el sacerdocio.
Ya entrado el siglo XX, Marc Sagnier, desde la primera década de la centuria, plantearía la validez de la colaboración entre las ideologías política republicana y demócrata con el catolicismo a través del movimiento de Le Sillon, así como un apego total a la democracia liberal y sus valores, por lo que sería condenado por San Pio X en su encíclica Notre Charge Apostolique.
En materia filosófica, Henri Bergson entre 1907 y 1932 aproximadamente, publicó varios textos en las que aun siendo no católico, sino judío, tomó algunas bases teológicas del misticismo católico y las trata de compaginar con el evolucionismo.243 Su principal argumento giró en torno a la idea de la “evolución creadora”, en la que la única verdad firme, era el cambio constante: “la realidad es fluida, una creación que continúa sin cesar, es movimiento.”244 Este tipo de ideas, fue la base para que muchos intelectuales católicos aceptaran en las décadas siguientes la posibilidad de un cambio en diversos aspectos del catolicismo, pues nada sería inmutable, siendo la inmutabilidad de las normas y directrices eclesiásticas una parte importante del respaldo doctrinal del catolicismo preconciliar.
Por otro lado, el filósofo Maurice Blondel a partir de 1893, trató de conciliar, con el fin de crear un nuevo método de hacer apologética católica, la filosofía de la inmanencia (según la cual nada puede entrar en el hombre que no salga de él, en este caso de su propio pensamiento) con los aspectos sobrenaturales del cristianismo. Sus planteamientos eran incompatibles con la apologética tradicional de corte tomista y por lo tanto fue ampliamente criticado en varios medios eclesiásticos.
El sacerdote Alfred Loisy, desde aproximadamente 1880, planteó la utilización del método histórico crítico para la interpretación de los Evangelios rechazando la idea de la Revelación divina, lo que lo llevó a la conclusión de que los Evangelios contenían varios elementos míticos, desarrollados en la etapa primitiva de la Iglesia, entre ellos la propia creencia en la Resurrección. Esto, aunado al planteamiento de la inevitabilidad de la evolución constante de la Iglesia y su adaptación al medio, lo que lo llevó a la condena por parte de San Pio X como se verá más adelante.
El jesuita inglés George Tyrrell, entre 1901 y 1909, planteó un restablecimiento de la fe cristiana sobre las bases de la experiencia intima, en base a la idea de evolución y vida de la Iglesia. Según sus ideas, el Dios histórico y externo debe desaparecer ante la creación de un Dios interior que cada quien se forma en sí mismo según su conciencia. Para Tyrrell la revelación es fruto de la propia conciencia colectiva de los creyentes, lo que lo llevó a plantear la inutilidad de la Iglesia y la posibilidad de una religión universal.
Las ideas de los autores mencionados (Bergson, Blondel, Loisy y Tyrrel) se designaron bajo el nombre de “modernismo” y fueron condenadas en bloque por el papa San Pío X en su encíclica Pascendi Dominici Gregis de 1907. Dicho papa condenó de esta forma las nuevas propuestas teológicas que partían de la base común de una necesaria evolución del dogma católico, cosa incompatible con la entonces visión dominante de la autoridad eclesiástica ya que se contradecía con los principios de Inmutabilidad e Infalibilidad de la Fe, proclamada por el catolicismo.
Aunque en las décadas inmediatas posteriores a esta encíclica, los vientos de renovación del catolicismo romano fueron acallados, poco a poco algunos filósofos y teólogos, especialmente a partir de los años treinta del siglo XX, introdujeron un lenguaje y unos planteamientos renovados que influirían de manera más profunda la doctrina católica a través de la teología expresada en el CVII.
Jacques Maritain y Emmanuel Mounier, sin caer en doctrinas totalmente heterodoxas, plantearon una nueva visión del mundo a través de las doctrinas personalistas, según las cuales la dignidad de la persona humana y aun la misma idea de “persona” pasarían a ser la preocupación principal de los cristianos, lo cual habría la posibilidad de colaborar en lo político y social con todos aquellos que aun no siendo católicos, compartieran la misma idea de aprecio por la persona humana. Esta fue una de las piedras angulares de la doctrina de la Democracia Cristiana y posteriormente de la Doctrina Social Católica posterior al CVII, ya que el personalismo planteaba la aceptación de la democracia como el sistema político relativamente más compatible con los valores cristianos.
En el plano de la teología una figura relevante de lo que podría llamarse el progresismo preconciliar, fue el jesuita, filósofo y paleontólogo Teilhard de Chardin, quien desarrolló toda una teoría que trató de hacer concordar las tesis evolucionistas con el catolicismo, planteando la idea del “Cristo cósmico” en la que, con ciertos matices panteístas, se maneja la idea de una materia que fue evolucionando hasta crear al hombre, cuyo pensamiento tendrá que ir evolucionando a su vez hacia una convergencia de todos los espíritus, que algún día llegará a unirse en una comunidad de amor en la que participe toda la humanidad (lo que Chardin denominaba “punto omega”), de esa forma los hombres engrandarán al “Cristo total.”
El sacerdote francés Henri De Lubac, con base en la crítica histórica y un interés profundo en las fuentes de los Padres de la Iglesia, pretendió una renovación de la teología al criticar la escolástica tomista. Planteó la idea de la “Tradición viva de la Iglesia”, pieza clave de la posterior legitimación del CVII, según la cual “si la verdad es la vida, y si la Tradición debe transmitir la verdad, entonces la Tradición debe ser algo vivo o no debe ser nada. En otras palabras, el pasado, por el sólo hecho de haber pasado, no es verdadero porque no vive el instante presente.” De esta manera, se sientan las bases para la gradual aceptación de que la idea de la Tradición de la Iglesia sería algo mudable y dinámico que va transformándose conforme corren los tiempos.
El teólogo alemán Karl Rahner, por su parte, incorporó a su pensamiento algunos aspectos del existencialismo de Heidegger y de la dialéctica de Hegel, para estructurar sus propuestas que entre otras cosas planteaban la gracia santificante y la salvación eterna como inherentes a todo ser humano aun sin ser católico, según el teólogo alemán, todo hombre con el simple hecho de aceptar la grandeza de Dios, aun sin aceptar ser parte de la Iglesia y sin conocer el Evangelio, puede salvarse pues se convierte en un “cristiano anónimo,” lo cual alentaría indirectamente el ecumenismo y el diálogo interreligioso,. Asimismo Rahner estructuró una teología antropocéntrica, según la cual “la humanidad es Dios desarrollado en la plenitud de su potencial, y Dios se hace uno con el mundo,” es decir la propia conciencia humana es capaz de manifestar a Dios por sí misma, sin necesidad de una revelación externa como lo maneja la teología tradicional.
Otro personaje relevante fue Jean Danielou, discípulo y colaborador de Henri de Lubac, quien realizó diversas investigaciones relacionadas con las fuentes de la historia cristianas y contribuyó al desarrollo de los estudios bíblicos y patrísticos. Asimismo propuso diversas interpretaciones innovadoras de la llamada “historia de la salvación,” contribuyó al desarrollo de algunos aspectos del ecumenismo y profundizó en la investigación sobre el desarrollo del pensamiento católico.
Todos estos pensadores y algunos de sus postulados tuvieron influencia notable en el CVII, algunos como Henri De Lubac y Karl Rahner participaron como peritos conciliares, es decir como asesores que trabajaron directamente con el núcleo de obispos progresistas para impulsar una serie de planteamientos innovadores que se manifestaron en el Concilio. Se dice incluso que la influencia de Karl Rahner, fue decisiva entre los obispos de habla alemana y en general entre aquellos pertenecientes a las naciones de la cuenca del Río Rin (Francia, Bélgica, Holanda, Alemania).
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