martes, 12 de abril de 2016

Historia de la Iglesia... Siglo Cuarto

CONSTANTINO

El siglo IV comenzó con la más grande persecución contra la iglesia primitiva, la del emperador Dioclesiano. La lista más larga de mártires antiguos nos viene de ese período (303-306).
Después de la abdicación de Dioclesiano, una lucha por el poder se instauró entre los dirigentes del imperio. En el 312 Constantino combatió a Majencio,  su principal rival por el trono de occidente. Antes de la batalla del puente Milvio, cerca de Roma, Constantino tuvo una visión o quizás un sueño; él vio la Cruz o el Labarum (khi Rho: XP de Cristo con estas palabras: “por este signo tú vencerás”. El  hizo colocar el signo cristiano sobre las vestimentas y las armas de los soldados, y éstos lograron la victoria. Constantino otorgó pronto a los cristianos del Imperio la libertad de practicar su fe y mostró su propia preferencia por el cristianismo dotando a la iglesia de privilegios considerables. Antes de morir, Constantino hizo construir sobre el antiguo sitio de Bizancio una nueva capital imperial, llamada Constantinopla en su honor. Constantino mismo fue bautizado en su lecho de muerte, en el 337. El y su madre Elena, quien encontró  la verdadera cruz de Cristo en Jerusalén, fueron canonizados. El cristianismo llegó  a ser la religión oficial del imperio en el 380 por un decreto del emperador Teodosio.

LAS LUCHAS INTERNAS

La iglesia, bajo Constantino, recuperó sus bienes y fue liberada de las persecuciones del interior. Pero pronto surgieron querellas internas. Primeramente fue el Sismo donatista  en África del Norte. El debe su nombre a Donato, el teólogo, considerado de un grupo que rechazaba al obispo  regularmente elegido de Cartago, bajo el pretexto que uno de los obispos consagradores había demostrado debilidad en el tiempo de las persecuciones. En lugar de dejar a la iglesia resolver ella misma sus problemas, Constantino intervino en la controversia. Tomó primeramente partido por los donatistas, luego por sus adversarios, utilizando la fuerza para imponer sus decisiones.
El Sisma provocó la caída de la iglesia de África del Norte, antaño gloriosa, y creó un precedente para la intervención imperial en los asuntos eclesiales.
Luego se levantó la controversia arriana, Arrio un sacerdote de Alejandría, enseñaba que el Logos divino, el verbo de Dios hecho carne –Jesucristo- no era el Hijo de Dios y Dios, sino solamente una criatura como las demás sacada de la nada por  Dios. Según Arrio, Dios no sería trinidad santa e increada. Sólo el Padre, el creador, sería Dios. Dios el padre habría creado su Logos o Verbo o Hijo como la primera y más elevada de sus criaturas. Ese Logos, que sólo podría ser llamado divino más que de manera simbólica sería el instrumento de Dios para la salvación del mundo, y habría nacido Hombre Jesús para este fin.
Así, según Arrio, Jesucristo no es hijo de Dios, increado; divino, que posee exactamente la misma naturaleza divina increada como  Dios  Padre. El es una criatura, y es lo mismo que el Espíritu Santo. Dios no es la Santa Trinidad.

EL PRIMER CONCILIO ECUMÉNICO

La controversia suscitada por los arrianos fue llevada delante de todas las iglesias al Concilio que Constantino convocó en Nicea en el año 325. Ese concilio, conocido como el I Concilio Ecuménico, precisó que el Logos, Verbo e Hijo de Dios, es increado y divino. El es engendrado por el Padre, y no hecho o creado por él. El es consubstancial al Padre (homousios) y es verdadero Dios de verdadero Dios, el Verbo Dios por quién todo ha sido hecho. Es ese Hijo único de Dios, increado y divino, que tomó carne de la virgen María, deviniendo por ello Jesucristo, Mesías de Israel y salvador del mundo.

EL SEGUNDO CONCILIO ECUMÉNICO

La decisión del concilio de Nicea tardó mucho tiempo en imponerse universalmente. La controversia causó furor durante muchos designios. Numerosos concilios tuvieron lugar, en diversos lugares, y formularon diferentes confesiones de fe. El partido arriano ganó el favor imperial y los defensores de la fe de Nicea fueron duramente perseguidos. Los problemas persistieron hasta el 381, cuando el concilio llevado a cabo en Constantinopla y conocido en el presente como el segundo concilio ecuménico, fue reafirmada la decisión de Nicea y proclamada la divinidad del Espíritu Santo. Las actas de estos dos concilios considerados como un todo comprenden el Símbolo de la fe, el credo de la Iglesia ortodoxa.

LOS PADRES DE LA IGLESIA

Los grandes defensores de la ortodoxia nicena fueron San Atanasio el Grande obispo de Alejandría (+ 373) y los obispos capadocios: San Basilio el grande (+ 379), su hermano San Gregorio de Nicea, (+ 389) y su amigo San Gregorio de Nazianzo, el teólogo. Esos padres de la Iglesia explicitaron la verdadera fe cristiana y tuvieron que sufrir mucho para defender la doctrina fundamental del cristianismo ortodoxo: Dios es la Santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas divinas e increadas en una sola naturaleza divina e increada.    

LOS CONCILIOS DE LA IGLESIA

El Concilio de Nicea decretó también un cierto número de cánones concernientes al orden y disciplina de la Iglesia. Esos cánones confirmaban la primicia de la iglesia de Roma para el Occidente, de Alejandría para África y de Antioquía en Oriente (canon 6), y reconocían la dignidad de la iglesia de Jerusalén (canon 7). El concilio prohibió el arrodillarse – signo de penitencia – en la liturgia dominical (canon 20).
El Concilio de Constantinopla elaboró igualmente cánones, de los cuales uno establecía que “después del obispo de Roma es el obispo de Constantinopla quien tendrá la primicia de honor, porque Constantinopla es la nueva Roma” (Canon 3).
  
LA EVOLUACIÓN LITÚRGICA

El siglo IV dio numerosos desarrollos litúrgicos. Es en esa época que las oraciones eucarísticas de las liturgias que llevan los nombres de San Basilio  el Grande y de San Juan Crisóstomo fueron compuestas. Las homilías  catequísticas de San Juan Crisóstomo y de San Cirilo de Jerusalén (+ 386) muestran que la celebración del bautismo y de la crismación revestía prácticamente la misma forma en el siglo IV que en la iglesia ortodoxa de hoy. La Cuaresma de Cuarenta días y la fiesta de Pascua estaban ya bien establecidas. La celebración de la Natividad de Cristo fue separada de la fiesta de la Teofanía (o Epifanía), deviniendo así una fiesta independiente, esto a fin de eclipsar la  fiesta pagana del Sol que era celebrada el 25 de Diciembre.

LA VIDA MONÁSTICA


El siglo IV vio  también  la eclosión de la vida monástica, en Egipto con San Antonio el Grande (+ 356), en Siria y en Occidente. Entre los santos monjes de esa época, es necesario mencionar para el oriente a Pablo de Tebas, Pacomio, Hilarión, Sabbas, Macario de Egipto, Epifanio de Chipre  y Efrem el Sirio. Entre los santos monjes del occidente figuran Jerónimo, Juan Cassiano y Martín de Tours. Los famosos obispos santos del siglo IV son San Nicolás de Mira en Lisia, San Espiridón de Trimitós y San  Ambrosio de Milán.

2 comentarios:

  1. muy interesante es un tema que todo catolico debe de conocer, soy laico y lo impartire en mi capilla para que los fieles esten preparados

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  2. con el ruego de su divulgación de este seminario hispanoamericano.
    https://materinmaculata.wordpress.com/2016/12/03/seminario-de-formacion-liturgica-y-doctrinal-en-madrid-2o/

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