Según Santo Tomás de Aquino existe el derecho de resistir públicamente, en determinadas circunstancias, a una decisión del Romano Pontífice. Afirma a ese respecto el Doctor Angélico: “existiendo un peligro próximo para la fe, los Prelados deben ser reprendidos, hasta públicamente, por parte de sus súbditos. Así San Pablo, que era súbdito de San Pedro, lo reprendió públicamente, en razón de un peligro inminente de escándalo en materia de fe. Y, como dice el comentario de San Agustín, «el mismo San Pedro dio el ejemplo a los que gobiernan, a fin de que éstos, apartándose alguna vez del buen camino, no rehúsen como indebida una corrección venida también de sus súbditos» (Gál. 2, 14)”
(Summa Theologica, II-II, 33, 4, 2)
Otro gran teólogo, el Cardenal jesuita San Roberto Bellarmino, campeón de los derechos del Papado en la lucha contra el protestantismo, afirma: “así como es lícito resistir al Pontífice que agrede el cuerpo, de la misma forma es lícito resistir a aquel que agrede las almas, o que perturba el orden civil o, sobre todo, aquel que intentase destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirle dejando de hacer aquello que ordena e impidiendo la ejecución de su voluntad: pero no es lícito juzgarlo, punirlo y deponerlo, porque esos actos son propios de un superior”
(De Romano Pontefice, II, 29).
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