lunes, 13 de abril de 2026

EL MONASTERIO PSICOANALÍTICO FREUDIANO DE CUERNACA, Y LA MANO JUDAICA QUE MUEVE LA CUNA

Puestos a leer y releer la formidable obra del Padre don Joaquín Sáenz Arriaga, tocó el turno a la obra "Cuernavaca y el progresismo religioso en México", publicado en agosto de 1967, recordamos el experimento nefasto y nefando, luciferino, del Monasterio Benedictino de Nuestra Señora de la Resurrección, en el poblado de Ahuacatitlán, muy cerca de Cuernavaca, en México.

Fue fundado en 1950 por el monje benedictino belga Gregorio Lemercier (1912-1987), desde donde introdujo innovaciones heréticas a la liturgia católico mucho antes del Concilio Vaticano II, al mismo tiempo que introdujo la nueva religión "psicoanalítica" freudiana, sustituyendo el dogma, la moral, los sacramentos y la liturgia católicas y apostólicas por siempre benditas.




A partir de 1961 llevó a los "psicoanalistas" (lo que sea que eso signifique) Frida Zmud Simkin, judía nacida en Paraguay, discípula del psicoanalista Teodoro Schossberg, también judío. Zmud fue la primera mujer psicoanalista en México que cubría con el requisito de ser médico y con formación psicoanalítica con Rascovsky, Langer, Racker, Grimberg, y Liberman, entre otros.

Junto a Frida Zmud trabajaron en el experimento psicoanalítico de Cuernavaca los doctores Gustavo Quevedo y José Luis González Chagoyán.



En 1961 se les unió el sacerdote falsamente converso Iván Ilich (1926-2002), de origen judío nacido en Austria, quien fundó en Cuernavaca el ultra progresista "Centro por la Capacitación Intercultural" (CECI), buque insignia del progresismo religioso en México y toda latinoamérica.

Y por supuesto no podía faltar el apoyo claro, abierto, público, notorio, del heresiarca obispo de Cuernavaca, Sergio Méndez Arceo (1907-1992), afiliado a la masonería y descarado marxista.



Después de que el experimento de Monasterio "psicoanalítico" fue prohibido por las autoridades vaticanas a mediados de 1967 y ordenó su disolución, Gregorio Lemercier publicó el siguiente manifiesto:

"La decisión de la Comisión Cardenalicia del 18 de mayo próximo pasado, revocó y anuló el Decreto del Santo Oficio del 8 de octubre de 1965, que me desterraba a Bélgica y preparaba la supresión del Monasterio. Regresé, pues, al Monasterio como Prior Conventual con todos mis derechos y deberes. Así se cierra una etapa de la historia de nuestra comunidad.

La nueva etapa se abre con una prohibición categórica de la Curia Romana con respecto al psicoanálisis. Aunque no queda la duda de que la prohibición es inválida, en el plano jurídico, expresa, sin embargo, una voluntad profunda de rechazo de la utilización del psicoanálisis como medio de formación personal.

Hemos, pues, decidido respetar esta voluntad de la Curia Romana, ya que el respeto a las opiniones ajenas es la base de toda coexistencia humana. Pero este respeto debe forzosamente unirse a una fidelidad a nuestras propias responsabilidades, las cuales son tres: para con el  monasticismo, para con la Iglesia y para con el Mundo.

Fidelidad para con el monasticismo: desde la fundación del Monasterio en 1950, siempre nos hemos guiado por una exigencia de autenticidad. Esta búsqueda nos ha llevado hacia un retorno a la idea monástica primitiva de un monasticismo no sacerdotal, sino laico. Por otra parte, la experiencia nos ha demostrado que las estructuras monásticas actuales ya no responden a las necesidades, temperamento y espíritu del hombre del siglo XX. Sin embargo, los monjes han conservado, a través de los siglos, un elemento fundamental, desaparecido en las demás órdenes religiosas: la comunidad enraizada en un lugar particular, con todo lo que esto significa para la creación de una familia.

Por medio del psicoanálisis nos hemos esforzado por descubrir las raíces humanas sobre las cuales podemos reconstruir una vida monástica viva, y hemos llegado a una sola característica, que se expresa en el nombre mismo de monje: del griego "monakos", "solo", "soltero". Sobre esta base queremos reinventar una vida que reúna los dos elementos fundamentales transmitidos en la historia monástica: la comunidad de los que desean vivir solos, sin mujer.

Para que tal comunidad pueda ser profundamente sana, se requieren ante todo dos condiciones: primera, que no haya compromisos definitivos o votos que impidan que cada uno de los "SOLOS" pueda crecer en una convivencia cada vez más profunda con los demás, sin excluir el matrimonio, que es el modelo y fundamento de todas las demás comunidades. Segunda, que la estructura exterior de reglamentos y disciplinas sea siempre respetuosa de la libertad creciente de cada uno de los miembros, de tal modo que cada uno se pueda crear para sí mismo su propia estructura interior, en constante crecimiento con la fidelidad a su propia persona.

En este camino de un descubrimiento de una vida monástica sana, por ser abierta y dinámica, hemos llegado al momento en que debemos proyectar en las estructuras exteriores la conciencia adquirida interiormente. Debemos, pues, renunciar a los votos monásticos y cortar los vínculos que nos atan con las estructuras monásticas actuales de la Confederación Benedictina y de la Congregación de Religiosos, para poder crear una comunidad nueva, absolutamente original por la importancia dada a la conciencia personal.

Fidelidad para con la Iglesia: la Iglesia está en medio de una poderosa corriente de apertura a lo que no es ella. Este ecumenismo toma innumerables expresiones en todo el mundo, incluso en la Curia Romana. Por primera vez en la historia, la Iglesia se ha dado órganos que ya no miran a los que no son ella como a enemigos extraños: el Secretariado por la Unidad, el Secretariado por las religiones no cristianas y el Secretariado por los no creyentes.

Este gran movimiento ecuménico de la Iglesia, que se abre a todos nosotros los hombres, nos ha afectado también a nosotros, y queremos cristalizarlo en el plano institucional. Sentimos la necesidad imperiosa de abrirnos a los que no tienen nuestras ideologías o creencias religiosas. Abriremos, pues, las puertas de nuestra casa y el corazón de nuestra familia a todos los que deseen tomar parte en nuestra vida comunitaria, sin distinción de ideología, de religión o de raza, y los recibiremos en plan de completa igualdad. Por consiguiente, nuestra comunidad ya no podrá ser una institución de la Iglesia Católica, porque, de otro modo, los no católicos no serían miembros de la comunidad. 

La adhesión a esta comunidad simplemente humana de sacerdotes católicos no causa mayor dificultad, en la medida en que su sacerdocio adentro de la comunidad se ejerza solamente para el servicio de los que se lo pidan. Pero el animador y responsable de esta comunidad no puede ser al mismo tiempo miembro activo de la jerarquía católica, so pena de discriminar, ipso facto, a los miembros no católicos.

Si, pues, los dos sacerdotes de nuestra comunidad, que quieren formar parte de la nueva comunidad, pedirán su incardinación en la diócesis, yo renuncio al ejercicio del sacerdocio jerárquico católico, para todo el tiempo en que seré el responsable de la nueva comunidad. El ideal del sacerdocio católico, que ha sido el mío desde los seis años, se transformará y será asumido en un sacerdocio más católico, en el sentido primero de la palabra, más universal; en un sacerdocio que llamaría simplemente humano. Esta decisión es para mí la expresión de una fidelidad más profunda al espíritu que me ha llevado al sacerdocio.

Cada uno de los miembros de nuestra familia humana conservará, naturalmente, sus vínculos personales con su Iglesia, con toda libertad y respeto de parte de todos.

Además, en cuanto institución pensamos que podemos establecer relaciones de colaboración con la Curia Romana, por conducto del Secretariado para los no creyentes que es el organismo mejor preparado para comprender esta nueva comunidad ecuménica.

Fidelidad para con el mundo. Nuestra primera apertura ecuménica hacia el mundo ha sido la creación del Centro Psicoanalítico Emaús, hace un año. En ese centro recibíamos ya, sin distinción de religión o creencia filosófica, a los que deseaban someterse a un tratamiento psicoanalítico en condiciones óptimas, gracias al apoyo y sostén de una vida comunitaria.

Salta a la vista que hemos adquirido para con los miembros del Centro Psicoanalítico Emaús, obligaciones que no podemos dejar de asumir. El respeto que debemos a las opiniones de la Curia Romana no puede eliminar el respeto que debemos a las necesidades y esperanzas de los miembros de Emaús.

Esta triple fidelidad al monasticismo, a la Iglesia y al mundo, nos ha llevado, pues, a un paso común: hemos comunicado a la Congregación de Religiosos nuestra decisión de renunciar a nuestros votos por medio de la dispensa jurídica. Los que comprenden el significado profundo de este paso personal, de cada uno de nosotros, sabrán que tal decisión no se improvisa en unos cuantos días y que es el fruto de una larga maduración, que llegó al término antes de la decisión de la Comisión Cardenalicia.

Por otra parte, nuestra actuación futura mostrará, mejor que estas palabras, los sentimientos de comprensión, respeto y cariño, que seguimos teniendo para con la Iglesia Católica y su Jerarquía. Nuestros hermanos en Cristo, y muy especialmente nuestros hermanos en San Benito, comprenderán, así lo esperamos, que el paso que damos para abrirnos a nuestros hermanos sin más, no representa de nuestra parte ningún rechazo para con ellos. Muy al contrario: hay muchas moradas en la casa del Padre.

Superando, pues, las estructuras pasadas, fundamos ahora una nueva institución, que integra, en una sola familia, a los 40 miembros del monasterio y del Centro Psicoanalítico Emaús. Los responsables de esta fundación son el Dr. Gustavo Quevedo, la Dra. Frida Zmud y un servidor. Contamos con la colaboración del Dr. José Luis González Chagoyán, que trabaja con nosotros desde hace meses, y de varios otros analistas.

El elemento unificador de nuestra familia será la fe en el hombre, pero en el hombre del cual Pascal decía que "el hombre rebasa infinitamente al hombre", como nos lo recordaba hace poco Pablo VI en su encíclica "Populorum Progresio", --progreso de los pueblos-- al cual queremos colaborar en México con la creación de una comunidad que responsa a ciertas exigencias del Siglo XX. Fe en el hombre, que inspirará nuestras relaciones fraternales de respeto y amor. Fe en el hombre que rebasa al hombre: un rebasar que cada uno vivirá a su modo conforme a sus convicciones, por medio de la ciencia y de la religión, son que importe a otro el nombre bajo el cual este infinito sea vivido por cada uno.

Pero no solamente estaremos unidos por esta fe común en el hombre, que rebasa infinitamente al hombre. Estaremos también unidos por una confianza común en el medio técnico del psicoanálisis, que hemos experimentado ya seis años, para alcanzar este rebasar, sin rechazo a ningún otro medio adaptado al hombre del siglo XX.

Además de estar abierta (esta nueva comunidad) a todos, sin distinción de ideologías o de religión, nuestra familia se abrirá también a todos, sin distinción de sexo o estado civil, aunque sin promiscuidad. Un día, matrimonios deseosos de trabajar con nosotros en este rebasar del hombre por medio del psicoanálisis, se establecerán alrededor del núcleo de aquellos, cuya vida será monástica en su sentido primero de solos, soltero, sea por un tiempo hasta prepararse a formar un hogar, sea con carácter permanente, pero sin votos, en una sublimación de su vida sexual. Y, a su debido tiempo, se formará también un grupo femenino paralelo al nuestro.

Tres de nuestros hermanos desean continuar en la fidelidad a la vida monástica tradicional. Estamos decididos a ayudarles con todas nuestras fuerzas y todo nuestro corazón, para que puedan realizar sus deseos. Siempre veremos en ellos a hermanos que perpetúan lo que ha sido nuestro pasado y sigue siendo parte de nuestro presente.

Los que han leído el artículo que publiqué en septiembre de 1965 sobre UN MONASTERIO EN PSICOANÁLISIS, recordarán el último párrafo: Termino con un sueño: la visión de un Concilio Ecuménico, humanamente ecuménico. No hay necesidad de gran número de participantes: a menudo el número no hace más que peso. No, unos cuantos: un pequeño rabí, un gran mutfí, un patriarca oriental, un comisario comunista, un cardenal romano, una diaconisa luterana, un bonzo budista y uno de los apóstoles mormones. Se reunirán en grupo, ya no para discutir ideas, sino para analizar sentimientos. Sinceramente, sin prejuicios. Para dirigirlos escogen a un psicoanalista, que no es ni judío, ni mahometano, ni ortodoxo, ni comunista, ni católico, ni luterano, ni budista, ni mormón, pero que sí es analista. Y creo y espero que bajo las ideas que los separan y que de todos modos les conceden su dios, mis ocho padres conciliares descubran los sentimientos que los unen y que de todos modos les revelan el amor.

Este sueño se está volviendo realidad. No es un concilio provisional, sino un monasterio permanente. El psicoanálisis ha sido un éxito, tanto en el Monasterio Benedictino, como en el Centro Psicoanalítico Emaús, y confiamos que seguirán su obra de apertura ecuménica y de unión de todos, sin distinción de raza, de ideología o de religión. El porvenir dirá si sabremos ser fieles a nuestros principios. Antes de juzgarnos, dejen que nuestros sueños tengan tiempo de tomar cuerpo.

Lo que parecía llevar a un conflicto entre la Curia Romana y el psicoanálisis, se ha resuelto felizmente en una convergencia de voluntades. El rechazo de la Curia Romana y las exigencias de fidelidad a nuestra vocación ecuménica, han colaborado en la creación de esta nueva familia de Emaús. Creemos descubrir en esta convergencia un signo de los tiempos, que en universalmente amado Padre Juan nos han enseñado a escuchar con respeto y docilidad, y esperamos mantener íntegra nuestra fidelidad al hombre que rebasa infinitamente al hombre.

Gregorio Lemercier y la familia de Emaús. 12 de junio de 1967.

Como podemos apreciar, el texto de la carta de Gregorio Lemercier apesta a subversión judaica, ya que se aparta enormemente de la filosofía tradicional tomista, de la sana psicología cristiana, y del Dogma, la Moral y los Sacramentos de la Iglesia de siempre.

A) El principio unificador de la nueva comunidad propuesta no es ya Dios, sino “la fe en el hombre”. Esta inversión del orden es, desde el tomismo, radicalmente inadmisible. Para Santo Tomás, el fin último del hombre es Dios mismo (finis ultimus hominis est Deus), no el hombre elevado por sí mismo.

Sustituir la fe teologal por una vaga “fe en el hombre” implica un desplazamiento hacia un humanismo inmanentista, donde lo trascendente queda subordinado a la experiencia subjetiva. Esta postura, además de filosóficamente débil, cae en lo que el Magisterio tradicional ha condenado repetidamente como naturalismo: la pretensión de alcanzar la plenitud humana sin la gracia sobrenatural.


B) Propone una redefinición del monje como “el que vive solo”, despojando al monacato de su esencia sobrenatural. Sin embargo, la tradición benedictina —fundada por San Benito de Nursia— no entiende la vida monástica como un simple fenómeno psicológico o sociológico, sino como una consagración total a Dios mediante los votos de pobreza, castidad y obediencia.

La propuesta de eliminar los votos perpetuos en nombre de la “libertad creciente” revela una incomprensión profunda de la libertad cristiana. Para el tomismo, la libertad no consiste en la indeterminación perpetua, sino en la capacidad de adherirse firmemente al bien. Los votos no esclavizan: perfeccionan la libertad ordenándola a su fin último.

Eliminar el carácter definitivo del compromiso religioso equivale a vaciarlo de contenido. Se sustituye la estabilidad monástica por una fluidez existencial más propia de la modernidad líquida que de la tradición espiritual de la Iglesia.


C) La elevación del psicoanálisis a instrumento casi salvífico. Sin negar que ciertas corrientes psicológicas puedan ofrecer elementos útiles, el tomismo distingue claramente entre el orden natural y el sobrenatural.

El psicoanálisis, especialmente en su raíz freudiana, se basa en una antropología frecuentemente reductiva, centrada en impulsos y conflictos intrapsíquicos. Pretender que este método permita al hombre “rebasarse infinitamente” equivale a atribuirle una función que, en la teología católica, corresponde exclusivamente a la gracia divina.

Aquí se consuma una sustitución peligrosa:
la dirección espiritual es reemplazada por el análisis, la confesión por la terapia, y la santidad por la autorrealización.


D) Abraza un ecumenismo que no busca la unidad en la verdad, sino la coexistencia en la indiferencia. Al afirmar que la comunidad “ya no podrá ser una institución de la Iglesia Católica” para permitir la igualdad de todos, se incurre en un error eclesiológico grave.

La Iglesia, según la doctrina tradicional, no es una opción entre muchas, sino la única arca de salvación instituida por Cristo. La unidad no puede fundarse en la renuncia a la verdad revelada. Como enseñó el Magisterio preconciliar, el verdadero ecumenismo consiste en el retorno de los disidentes a la única Iglesia de Cristo, no en la disolución de sus fronteras doctrinales.


E) Particularmente grave es la renuncia al ejercicio del sacerdocio en nombre de un supuesto “sacerdocio más universal”. Esta idea contradice frontalmente la doctrina católica sobre el sacerdocio como participación sacramental en el sacerdocio de Cristo.

El sacerdocio no es una función sociológica ni un servicio opcional: es un carácter ontológico indeleble. Pretender suspenderlo por razones de “no discriminación” equivale a someter lo sagrado a criterios puramente humanos.


En resumen, interpreta su proyecto como un “signo de los tiempos”. Sin embargo, desde la óptica tomista y tradicional, más bien parece un síntoma de la crisis moderna:
  • primacía del sujeto sobre la verdad,
  • sustitución de la gracia por la técnica,
  • disolución de las estructuras sacramentales,
  • y relativización de la Iglesia.

No estamos ante una renovación auténtica, sino ante una ruptura con la tradición viva. Y como enseña Santo Tomás, la verdad no cambia con los tiempos, porque está fundada en el ser mismo de las cosas y, en última instancia, en Dios.

En lugar de un monasterio que eleve al hombre hacia Dios, se propone una comunidad que reduce lo divino a lo humano. Y cuando esto ocurre, no es el hombre el que se eleva: es Dios el que es eclipsado.

El porvenir, como dice el autor, juzgará. Pero la filosofía y la teología ya ofrecen criterios claros:
toda reforma auténtica en la Iglesia es un retorno a Dios, no una sustitución de Él.

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