viernes, 30 de enero de 2026

Dios o el mercado: dos visiones irreconciliables de la libertad

Cuando la libertad se separa de la verdad,
el mercado se separa de la justicia,
y el Estado se separa de Dios,
la sociedad no se emancipa: se desordena.


En el debate contemporáneo, pocas comparaciones resultan tan reveladoras —y tan incómodas— como la que enfrenta al tradicionalismo católico romano anterior al Concilio Vaticano II basado en el Magisterio de casi dos mil años, con el liberalismo libertario que hoy encarnan personajes como Donald Trump, Javier Milei, José Antonio Kast, Santiago Abascal, y otros más, inspirado principalmente en Murray RothbardAyn Rand y Friedrich von Hayek, que ha seducido a fieles "neo-conservadores" y "tradicionalistas" de todo el mundo.

Javier Milei con el líder de la secta judía Jabad Lubavitch


No se trata de simples diferencias de política pública, sino de dos concepciones radicalmente opuestas del hombre, la libertad y el sentido de la sociedad.

Donald Trump entre judíos con kipá en un atril hebreo


El tradicionalismo católico parte de una afirmación que hoy suena casi subversiva: el hombre no es el centro del universo. Es criatura, no creador; responsable, no soberano absoluto. Su libertad no consiste en hacer lo que quiera, sino en elegir el bien conforme a la ley natural y divina. De ahí que la política, la economía y la cultura no sean ámbitos moralmente neutrales, sino realidades que deben ordenarse al bien común y, en última instancia, a la salvación del alma.

Por el contrario, el liberalismo libertario anarco-capitalista arranca de una premisa moderna y profundamente antropocéntrica: el individuo es la medida de todas las cosas. La libertad se define como ausencia de coacción; el bien y el mal quedan reducidos a preferencias personales; y el mercado aparece como un mecanismo casi providencial capaz de armonizar egoísmos sin necesidad de un orden moral compartido. No es casual que Ayn Rand alabara el “egoísmo racional” como virtud ni que el Estado sea concebido como un mal a reducir al mínimo.


José Antonio Kast con kipá judía, orando en hebrero en Yad Vashem en Jerusalén


Aquí emerge la ruptura fundamental. Para el catolicismo tradicional, el mercado no redime, la eficiencia no justifica la injusticia y la propiedad privada está subordinada a su función social. Para el libertarismo, en cambio, cualquier límite moral impuesto desde fuera del individuo es sospechoso de autoritarismo. Donde uno ve virtud y deber, el otro ve interferencia.

Algunos intentan tender puentes apelando al anticomunismo compartido o a la crítica al estatismo. Pero esa coincidencia es superficial. El tradicionalismo rechaza el socialismo porque niega la ley natural y destruye el orden moral; el libertarismo lo hace porque interfiere con la libertad individual y el mercado. El “enemigo” puede parecer el mismo, pero las razones son opuestas.

La consecuencia práctica es clara: no todo lo que combate al estatismo es compatible con una visión cristiana del orden social. Un Estado mínimo sin referencias morales no es neutral; es, de hecho, la imposición silenciosa de una antropología liberal. Y una libertad desligada de la verdad termina, paradójicamente, erosionándose a sí misma.

En el fondo, la pregunta no es económica ni electoral, sino civilizatoria:
¿queremos una sociedad fundada en la idea de que el hombre se pertenece absolutamente a sí mismo, o una que reconozca que hay bienes —verdad, justicia, dignidad— que no se compran ni se negocian?

Entre Dios y el mercado, no hay síntesis fácil. Y fingir que la hay es una forma elegante de no afrontar el conflicto de fondo.



Santiago "Abashol" saludando de mano al genocida Mileikowski, álias "Neyanyahu"

Aquí dejo algunas citas para reforzar que ni el Trumpismo ni el Mileísmo ni el Pinochetismo Kastiano ni el Voxismo español son verdaderamente católicos, por más que tradicionalistas ignorantes y brutos los aplaudan como focas epilépticas con placer casi orgásmico:

Suma Teológica, I–II, q. 17, a. 1

“Liberum arbitrium est facultas voluntatis et rationis.”

“El libre albedrío es una facultad de la voluntad y de la razón.”


 Suma Teológica, I–II, q. 95, a. 2

“Lex humana intantum habet rationem legis, inquantum a lege naturae derivatur.”

“La ley humana tiene razón de ley en la medida en que deriva de la ley natural.”


 Suma Teológica, II–II, q. 58, a. 5

“Bonum commune est melius quam bonum unius.”

“El bien común es mejor que el bien de un solo individuo.”


 De Regno, I, cap. 15

“Finis multitudinis congregatae est vivere secundum virtutem.”

“El fin de la multitud reunida es vivir conforme a la virtud.”


 Suma Teológica, II–II, q. 66, a. 2

“Secundum naturalem rationem omnia sunt communia.”

“Según la razón natural, todas las cosas son comunes.”


León XIII – Libertas Praestantissimum (1888)

“La libertad, si no se somete a la verdad y al bien, degenera en licencia.”


 León XIII – Rerum Novarum (1891)

“No es justo ni humano exigir al hombre más trabajo del que sus fuerzas pueden soportar.”

“La propiedad privada no debe ejercerse contra el bien común.”


 Pío XI – Quadragesimo Anno (1931)

“Así como no es lícito quitar a los individuos lo que pueden hacer por sí mismos, tampoco es justo dejar al arbitrio del mercado aquello que pertenece al bien común.”


Pío XI – Quadragesimo Anno, n. 88

“La libre competencia, aunque útil, no puede ser el principio supremo regulador de la economía.”


Pío XI – Divini Redemptoris (1937)

“No se puede edificar una sociedad verdaderamente humana prescindiendo de Dios.”

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