Para él, la Revolución no es solo política o social: es un fenómeno espiritual y cultural que se expresa:
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en tendencias del pensamiento,
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en doctrinas e ideologías,
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y en hechos históricos concretos.
Oliveira define la Revolución como un movimiento de rechazo al Orden tradicional, que busca reorganizar el mundo según principios contrarios al cristianismo y a la jerarquía natural.
Para él, sus raíces están en las pasiones desordenadas del orgullo y la sensualidad humanas. Estos impulsos generan dos fuerzas opuestas:
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el igualitarismo (odio a toda superioridad),
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y el liberalismo extremo (rebeldía contra toda autoridad).
A partir de estas tendencias se origina un proceso revolucionario que se manifiesta en múltiples momentos históricos como:
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el Humanismo y Renacimiento,
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la Protestantismo,
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la Revolución Francesa,
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el Comunismo,y otros movimientos modernos que comparten el mismo espíritu descentralizador y anti-jerárquico.
En la obra, la Revolución es tratada no como una sucesión de hechos aislados, sino como una única corriente histórica con diversas manifestaciones. Ese proceso se despliega:
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en las tendencias subjetivas del espíritu humano,
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en las ideas y doctrinas que justifican el cambio,
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y luego en las instituciones y estructuras sociales afectadas por esos cambios.
Oliveira la define como:
“la restauración del Orden —la paz de Cristo en el Reino de Cristo— frente al desorden revolucionario”.
Según él, la verdadera Contra-Revolución debe:
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rechazar las ideas revolucionarias modernas,
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fortalecer la civilización cristiana,
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y promover la jerarquía, la autoridad moral y la vida según la doctrina tradicional.
El autor desarrolla definiciones precisas de estos conceptos en relación con el propósito y la organización de la sociedad:
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Orden: la disposición de las cosas según su fin natural y sobrenatural.
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Revolución: todo esfuerzo que tiende a destruir ese Orden.
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Contra-Revolución: todo esfuerzo que busca contener o eliminar la Revolución y restaurar el Orden.

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